Por: Isabel Pradilla
La belleza no es como la pintan, o al menos no como desde hace siglos nos la han vendido unos pocos. Los cánones, esas reglas que rigen las proporciones de la figura humana, no son naturales fueron inventados por escultores egipcios y griegos para regir a aquellos que serían sus modelos, creando así una falsa idea de perfección física, pero nadie es perfecto en este mundo.
Nos salimos de la norma de tantas y tan diversas formas que es mucho más común encontrarse con personas frustradas con la forma en la que se ven que con casos de total satisfacción.
¿Acaso tiene lógica que eso que unos pocos han determinado como bello rija nuestras vidas y la forma en que nos sentimos con nosotros mismos? Esa es una idea de carácter tan estrecho que resulta risible; más sin embargo permitimos que suceda y, además, lo alentamos.
Nuestra época ha visto alcanzar la fama a personas que, en su extraña carrera por ceñirse a lo que la industria de la belleza considera aceptable, recurren al bisturí hasta quedar completamente irreconocibles, y aún así los alabamos y celebramos, no por sus talentos sino por la manera poco natural en que se ven.
Hay que estar un poco loco para pensar que eso que nos venden como bello realmente lo es, y esa locura radica en que no solo estamos negando aquello que nos es natural sino que, además, lo reemplazamos por un ideal de aspecto físico artificial e inalcanzable para aquellos que no cuentan con los medios económicos; uno en el que los rostros inexpresivos y los rellenos artificiales resultan más atractivos que nuestras verdaderas características y rasgos.
Es hora de parar ese tren que nos lleva, a toda velocidad, hacía un destino en el que la imagen que nos devuelve el espejo no es más que motivo de frustración. Ser leales a lo que somos y respetarlo es un deber básico de cada uno. Aceptarnos y admirarnos es sin duda, uno de los pasos hacía la felicidad.
Celebremos, entonces, la individualidad y la libre expresión de la personalidad, dos características que nos sacan del molde y nos presentan como somos, sin limitarnos por los caprichos de un estereotipo que es el negocio de unos pocos.
Nuestros rasgos distintivos, nuestras diferencias, son lo que nos hace únicos, lo que nos convierte en individuos, son aquello que nos sitúa lejos de la masa homogénea que pretenden que seamos; y si eso es ser feo entonces es preferible serlo. Bien dicen por ahí que la suerte de la fea, la bonita la desea.

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